La verdad es que hoy en día no somos, incluidos
los caminantes, sino cruzados de corazón débil que acometen sin perseverancia
empresas inacabables. Nuestras expediciones consisten sólo en dar una vuelta, y
al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos
el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal vez
tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu
de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que sólo regresasen a nuestros
afligidos reinos, como reliquias, nuestros corazones embalsamados. Si te sientes
dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y
a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto
en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para
una caminata.
Henry David Thoreau, Caminar
En las
sociedades industrializadas, es evidente, hemos perdido la tierra. Debemos situar esta nueva percepción, [...] , con el intento de replantear
una nueva dependencia
fisiológica, pero que al tiempo es ética, estética y productiva para con
la tierra – y la Tierra-. [...] en la estela de
Weber e incluso de
Deleuze y el
Situacionismo, [...], frente a
una sociedad petrificada, reducida a diversos circuitos fijos,
excesivamente rectos, pulidos y ordenados, y demasiado previsibles y
(tele)dirigidos, una sociedad también sin cuerpos y sin distancias, se
está reivindicando
una dimensión nomádica de la existencia - en el
principio, recordémoslo, está el errar y la errancia- en donde lo
orgánico vuelva a ser, de nuevo, un modo de (con)fluencia - diríamos
incluso
plástica- con el mundo.
Nuestro mundo industrializado
se ha vuelto demasiado terso y apresurado como para que podamos
instalarnos en una mínima perspectiva. Caminar significaría volver a
plantearse movimientos en direcciones diferentes, locas, imprevisibles,
pequeñas, volver a salvar obstáculos y al cansancio real, a las
detenciones y los descansos, las emociones y el dinamismo que transitan
y fatigan un cuerpo, un campo, una calle o un paisaje. Pues no sólo
hemos perdido la tierra, también el afuera.
[...]
para
Nietzsche, por ejemplo, la
filosofía no era otra cosa que
poder
pensar al aire libre. El cumplimiento, en definitiva, de un claro
instinto de
itinerancia en que a través del cuerpo, y no sólo de la
cabeza, el pensador iría buscando
su geografía, su clima particular, su aire puro: su tipo específico de salud: el entorno de su inteligencia.
Robert Walser, gran caminante, estaba convencido, como
Nietzsche, de que sin los paseos
“no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema”.
Kierkegaard ya nos aconsejaba
no perder nuestro deseo de caminar.
Caminando, decía, había tomado contacto con sus mejores ideas, “pero
cuando te quedas quieto, y cuanto más te quedas quieto, más próximo
estás a sentirte enfermo…De modo que
si caminas sin parar, todo te
saldrá bien”.
[....]
hay como una íntima y muy
intensa relación entre el advenimiento de la palabra, o de la prosodia,
o de la misma experiencia del pensar y el paseo, en la medida en que
ambos están sustentados en un ritmo, un marcaje o una cadencia temporal,
un trazado que interviene irremisiblemente sobre todo nuestro
organismo, que nos afecta en lo más íntimo. Excitación y rítmica del
camino que muchos poetas, artistas y pensadores han aprovechado.
Tan
estrecha ha sido la
relación entre el camino y la creatividad que el
propio caminar se ha llegado a considerar una obra, en el arte
contemporáneo, tal vez incluso ya desde las experiencias del
dadaísmo y
los
surrealistas y, desde luego, las derivas
situacionistas.
Debord y compañía vieron muy claro el componente liberador del acto de
dejarse llevar por las exigencias del terreno y los encuentros
ocasionales. La
deriva situacionista pasaba también por una extrema atención a las variaciones psicológicas en relación con un entorno recorrido.
Hay, para empezar, la adquisición de una especie de
potencia extrema
al contacto con el mundo vivo, cambiante, tornasolado del camino. Una
potencia que tiene que ver con todo un mundo de
decisiones: pasar al
acto, tocar lo real, confundirse con el paisaje o la multitud, devenir
imperceptible: ver el mundo, como sugería
Baudelaire, estar en el centro
del mundo y, no obstante, permanecer oculto al mundo.
Todo esto se halla en relación, también, con
la pura alegría del
agotamiento, con la libertad máxima de lo que fluye sin vocación de
perpetuarse. Hay incluso, como apuntara
Walter Benjamin, una suerte de
ebriedad del caminar: sólo en esa embriaguez tenía lugar para él el
encuentro desconcertante entre nuestra presencia física y la propia
acción del tiempo histórico. He ahí una dialéctica, que el pensador
alemán estudió de mil maneras, y que tiene ver con la
específica
resistencia del sujeto, con su precaria experiencia a cuestas
remodelándose sin tregua. Una soledad frágil, versátil y permeable de
cuya precariedad se pueden sacar nuevas fuerzas, y es éste el giro que
permite ver en la
errancia un modelo, precisamente, de
argumentación y de acción para el arte.
[...]
El hombre que marcha o camina no está, desde luego,
huyendo, ni se pierde con gusto caprichoso en el laberinto socio-urbano.
En cierto modo, pierde su habitus – ese revestimiento o corteza que protege a los árboles de la intemperie- y se mimetiza con el entorno, lo palpa y lo recorre orgánicamente, lo vuelve más efectivo y real, pero lo hace de una manera muy particular, acercándose y alejándose, viviendo en el medio,
en la sucesión de las conexiones y los cambios de dirección.
Transitando al tiempo por lo periférico, lo más minúsculo y singular y
eso que Rilke llamara lo abierto, lo cósmico o y la intimidad
de la más remota lejanía. Todo esto puede tener que ver con lo que
Jacques Rancière ha definido como un sentido común disensual.